domingo, 15 de junio de 2014

"Marx inicia". Reseña de "Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro" de Karl Marx

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En su juventud, Marx dedicó más de dos años a su tesis de doctorado, centrada en indagar las diferencias entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro. Este tema, en apariencia tan específico, fue la llave para abrir la puerta del azar, de la libertad, de lo no determinado en la acción humana. Una pequeña revolución del pensamiento que hoy sigue despertando el interés de los especialistas y que, más allá de la filosofía, puede leerse en la esfera de la política y la acción.

Por Fernando Bogado

Pocos filósofos están dotados de juventud. Dentro del imaginario social, la mayoría de ellos aparecen ya ancianos y con todo un sistema cerrado y autosuficiente que nos distancia de las condiciones reales de la producción de su pensamiento: ¿sintieron dudas? ¿Sufrieron las penas de ver su “sistema”, sus “ideas”, chocar con el mundo real y sus limitaciones? ¿En qué condiciones pensaron lo que pensaron y cómo trabajaron con sus respectivas influencias? Son preguntas que muchas veces aparecen resueltas de la manera más burda en el resumen biográfico, donde las “influencias” son apenas modos de pensar redes conceptuales a la hora de un resumen y no el trágico diálogo intelectual sufrido por un joven que, en un momento determinado y por circunstancias varias, tuvo que elegir y distanciarse del confort que siempre representa la doxa filosófica para atreverse a decir “no estoy de acuerdo”. La publicación de Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro, la famosa tesis doctoral de Karl Marx de 1841, nos permite sopesar cuáles son los rasgos marxistas en la temprana obra de alguien que, a duras penas, todavía no era “Marx”.
Karl Marx, entusiasmado por la perspectiva de conseguir un puesto de profesor en la Universidad de Bonn (según cierta información que le había pasado un compañero de la denominada “juventud hegeliana”, Bruno Bauer), llevó adelante entre 1839 y 1841 la redacción de esta tesis de doctorado, la cual le permitió obtener el deseado título en abril de 1841, en la Universidad de Jena. El objetivo central del texto es observar la diferencia entre los planteos del filósofo responsable del atomismo, Demócrito (460 a.C.-370 a.C.), y Epicuro (341 a.C.-270 a.C.), quien fue considerado a este respecto apenas un mero repetidor de los planteos de su antecesor. En su tesis, Marx se encarga de señalar que hay una diferencia sumamente importante en el planteo del segundo con respecto a las observaciones del primero y que esa diferencia aparece borrada o rebajada en las glosas y comentarios que la tradición filosófica ha tenido con respecto al trabajo de estos dos pensadores, de Aristóteles a Cicerón, y de ellos hasta Hegel. Para Demócrito, los átomos poseen dos movimientos que responden a una mecánica natural que opera bajo la lógica de la necesidad: la caída en línea recta —algo que, luego de Newton, podríamos llamar “gravedad”— y la repulsión. Junto con el átomo, una unidad mínima e imposible de separar, existe también el vacío, y es a partir de la combinación de átomos y de una cuestión meramente cuantitativa que se dan las cosas en el orbe, originadas por un “torbellino” creador que combinó los átomos en un primer lugar. O sea, todo lo existente parte de esta combinación atómica regida por la necesidad natural, la cual es, también, una forma de justicia indudable: las cosas son así porque es necesario que sean así.

¿Cuál es la diferencia que establece Epicuro en esta teoría? En principio, ubicaría un tercer movimiento localizado entre la caída en línea recta y la repulsión, un movimiento que el filósofo griego llama “declinación”. La declinación es un movimiento mínimo por fuera de la línea recta, hacia el costado, que no responde a esa línea necesaria, sino que se escapa de ella casi por una cuestión de azar. Y si hay azar, la necesidad no puede regirlo todo, el determinismo natural no es una regla que toda la creación cumple a rajatabla: el azar en el ser, desde la lectura del joven Marx, rápidamente abre la posibilidad de ser entendido como azar del pensar. Digamos: de un pensar libremente que puede darse a sí mismo la propia forma de su límite, ya que la declinación es efectivamente un movimiento que supera el ser (Dasein) dado, abstrayéndose de él y de sus restricciones. Las consecuencias prácticas de este planteo ontológico son claras: la filosofía de Epicuro, por ejemplo, fundamenta la búsqueda de la ataraxia, esto es, la felicidad e imperturbabilidad del alma, evitando lo malo y lo dañino y aspirando optativamente por lo bueno. Marx, vía Epicuro, observa que tal perspectiva también permite pensar las asociaciones libres de personas en lo político y la amistad como un fenómeno dependiente de este “darse libremente” de la declinación. Para decirlo mal y pronto: hay contrato social a nivel atómico.

Con prólogo de Ronaldo Vielmi Fortes (de la Universidade Federal de Minas Gerais) y traducción y notas de Esteban Ruiz (de la UBA), la presente edición de la tesis doctoral de Karl Marx nos permite revisar los tempranos acercamientos de un pensador que todavía no se había volcado al socialismo, un Marx que leía en Epicuro y su filosofía de la naturaleza la posibilidad misma de encontrar un fundamento físico a cuestiones de índole ética: la libertad contra la necesidad, la individualidad contra la generalidad de la caída en línea recta, la posibilidad de autodeterminarse contra la determinación dada. Y es que la elección misma del tema responde a una oposición a Hegel y a su lectura: si Hegel había colocado en sus formulaciones a los escépticos por encima de los estoicos y epicúreos, Marx iba a dar vuelta el planteo y a encontrar en el epicureísmo un modelo de filosofía volcada al mundo que no se quedaba en la mera especulación racional, una filosofía que, en alguna medida, también apuntaba a la praxis. Además, y casi desde un planteo que está conectado con la fuerte influencia que los trabajos de Baruch Spinoza habían tenido en los filósofos alemanes de los primeros años del siglo XIX, esta forma de pensamiento claramente respondía a una abierta búsqueda de la felicidad en contra de la tristeza y el sometimiento que representa esa otra forma de pensamiento que tiende al determinismo natural y, por ende, religioso. Basta recordar que mientras Demócrito se quitó los ojos para evitar que el mundo lo molestara en el desarrollo de sus pensamientos, Epicuro, en la hora de su muerte, tomó un vaso de vino puro y se metió en una tina con agua caliente.

Los debates propios del siglo XX en torno de la segmentación de la obra de Marx giran siempre en torno de la misma cuestión: dónde termina el Marx humanista y dónde empieza el científico. Louis Althusser, por caso, entendió la diferencia entre el Marx de los Manuscritos económico filosóficos de 1844 y el de El capital por un “corte epistemológico” que deriva del descubrimiento de eso que llamó “plusvalía”. Digamos: el joven Marx estaba todavía atado a una lectura subjetivista que olvida la fría dureza de los datos objetivos relevados por el “viejo” Marx. Leer esta tesis y confrontarla con estos planteos permite observar que, en última instancia, no son tanto las condiciones objetivas y su determinismo lo importante para el cambio, sino que es el hombre el responsable de llevar ese cambio al mundo. Mal que les pese a algunos, los jóvenes siempre terminan teniendo la razón.

Nota publicada originalmente en la edición del 15 de junio de 2014 de Radar Libros, suplemento de Página 12. Click aquí para leer la nota en la web del diario. 

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